Coleccionista de hazañas

Gonchi, Pancho y Tencha son tres audaces viajeros. Juntos, ya contaban con más que un buen puñado de hazañas en el cuerpo. Es que cada verano (cuando lo amerita también en invierno), estos tres aventureros hermanos salen con su abuelo Florián a recorrer donde los lleve el destino. Sólo en los últimos dos años, entre otras travesías, habían llegado contra viento y marea, hasta el monte de Cumbayá, famoso por su cima llena de misteriosos espantapájaros. También habían emprendido vuelo hasta los fascinantes y remotos rincones al sur de Manabí, un paraíso de playas infinitas donde los maracuyás más dulces brotan exuberantes por donde se mirase. Y por si fuera poco, la última odisea la emprendieron en dirección a los Ojos del Viridian, donde la luz del sol es verde debido a los altísimos y milenarios árboles que alcanzan a atravesar la tropósfera. Ninguno de estos tres periplos más alucinante que el otro. Pero este año el abuelo había decidido un destino muy distinto, por lo que los tres hermanos solo irían al campo de los primos, allá en Miraliquén.
Toda su vida, el abuelo se había dedicado a recorrer el mundo en su afán de ser el mayor coleccionista de hazañas. A sus catorce años realizó una de sus más grandes aventuras (la favorita de sus nietos). Se fue en bus desde su casa en Savelú hasta las costas de Mansol y desde de ahí, logró subir a un barco que lo llevó hasta Kikuyo. Nadie lo vio entrar al barco. Una vez a bordo de la colosal embarcación, se escondió en una gran caja de madera repleta de uva negra. Cuenta que cuando desembarcaron en el puerto de Kirubán, a las afueras de Kikuyo, su piel estaba total y completamente teñida con la uva fresca, por lo que al bajar lo confundieron con personas del lugar, pasando dulcemente desapercibido. El abuelo sí que era un viejo lobo de mar. Así lo llamaban por sus innumerables recorridos y peripecias.

 

Gonchi, el mayor de los hermanos, no podía ni quería conformarse con la idea de pasar el verano donde los primos. A diferencia de Tencha y Pancho, quienes se mostraban calmos e incluso expectantes. Ellos habían aprendido de anteriores experiencias que las cosas más sorprendentes pueden ocurrir cuanto uno menos se lo espera.

 

Ahí en Miraliquén, donde viven los primos, el gallo los despierta a diario a eso de las cinco y media de la mañana, luego de eso los mandan a buscar los huevos que han puesto las ponedoras. Lo más emocionante que ahí puede pasar, es ver como las gallinas se arrancan de doña Berta, la vecina, quien las persigue gritando: – ¡plumíferas viejas chasquivertas, no me hagan pasar por lela que las voy a hacer cazuela! – sacudiendo su frondosa y rizada cabellera, como cual rockero dando su último show. Cuando no lograba corretearlas hasta el gallinero, el enojo de doña Berta era tal, que se descarga hablando en un perfecto e indescifrable idioma con sus gatos, los que siempre respondían lo mismo; miaaaaaaaaaau. Por todo esto y cosas más espeluznantes aún, Gonchi comenzó a idear un destino muy distinto para su verano.
Llegado el día de partir a Miraliquén, Pancho y Tencha tenían su equipaje listo. No podrían faltar los gruesos jeans todoterreno para caminar entre la murra, los fieles e infatigables bototos para aventurarse cerro arriba, gorro de lana y sus jockey fluorescente para el sol y para la noche. En tanto, Gonchi llenó su maleta con trajes de baño, alpargatas, toallas, guayaberas y unos lentes para el sol.

 

A eso de las cuatro de la tarde, el abuelo los fue a dejar a la estación de buses – nos vemos, yo parto mañana. Los tíos y lo primos los estarán esperando en el terminal de allá – dijo el veterano de mil y una historias, mientras les entregaba a cada uno un sándwich de pan casero con queso y alcaparras. Tencha y Pancho subieron corriendo al bus y se fueron a sentar atrás, allá en los últimos asientos y se devoraron la merienda que recién habían recibido. Mientras que Gonchi se fue sentado en primera fila, justo debajo del televisor. – ¿por qué te vas aquí tan apartado de tus hermanos Gonchi? – le preguntó el viejo Florián, asomado por la puerta antes de que el chofer decidiera subir a su butaca – no soporto las películas que pasan en los buses abuelo, tu sabes lo horribles que son; ¡vampiros, zombies, perros que hablan y robots, todo en una misma película es un desesperante disparate – respondió el joven trotamundo – comprendo perfectamente y comparto lo que dices, dijo el abuelo, despidiéndose ya definitivamente. Cuando el conductor se sentó al volante y echó a andar la máquina, Gonchi, sin que nadie lo viera, se cambió intrépidamente a un bus que tenía dibujadas unas palmeras, era el bus que estaba al lado. El abuelo ya hacía lo suficientemente lejos, y a pesar de que se dio vuelta a mirar, no se percató de la gatada de su nieto.

foto_grande_cuento4

Gonchi iba feliz en el bus que lo llevaría a conseguir su primera gran aventura, hasta que se quedó dormido (seguramente soñando con las playas a las que ansiaba llegar). Al día siguiente, junto con el alba, el bus se detuvo. Habían llegado a destino. Gonchi despertó mareado apenas recordando que había pasado. Estaba en las faldas de una enorme montaña. Desde un anaranjado suelo se alzaban inmensas rocas que parecían verdaderas esculturas. Era asombroso y muy raro, Gonchi jamás pensó que llegaría a un lugar como ese. Desconcertado y algo asustado se le vino a la cabeza un viejo dicho de su abuelo “El mundo es un libro y aquellos que no viajan sólo leen una página”. Entonces, el joven de trece años, se acercó a una niña que parecía de su edad y le preguntó dónde estaban – estamos en Tinejine – le respondió ella. Kori, la amigable muchacha le ofreció ir a casa a comer algo. Gonchi aceptó con gusto. En casa de de Kori, su madre, una mujer de cálida sonrisa y sabia mirada, preparaba menestras en una gran marmita. – ¿Qué haces solo en este lugar?, le preguntó la madre de Kori – quería viajar hasta alguna playa abandonada y comenzar mi colección de hazañas, como mi abuelo – le contestó el joven temerario, – pero me equivoqué de bus y ahora deben estar muy preocupados buscándome – Me temo que te has equivocado drásticamente, estamos en el altiplano, muy lejos del mar – le dijo la mujer, mientras amarraba su larga trenza de pelo negro – Te ayudaré a volver cuanto antes hasta ahí donde te esperan. Gonchi tenía muchas ganas de quedarse en el lugar, sin embargo sabía que debía volver a la brevedad.

 

Antes de partir, la pequeña Kori le regaló a Gonchi un colgante de bronce con piedras que ella misma había cincelado. Gonchi lo recibió contento e inmediatamente se lo colgó al cuello. Él no había llevado ningún enser para intercambiar o regalar, pero recordó que aún tenía el sándwich que le diera su abuelo antes de partir – toma este emparedado Kori, espero te guste – Kori lo recibió contenta y le dio un tarascón – “pachi pachi”, – es el pan más delicioso que he probado en mi vida, exclamó Kori.
Satisfecho con su aventura, Gonchi partió rumbo a los floridos campos de Miraliquén, logrando llegar sin inconvenientes – ¡¿Gonchi, dónde te habías metido?!, ¡te hemos buscado por cielo, mar y tierra! – gritó el abuelo apenas lo vio cruzar el portón de la estancia. – Me equivoqué de bus, dijo Gonchi (lo que en parte era cierto). – Ese colgante que traes es de origen Aymara, veo que anduviste en el altiplano – dijo casi llorando de emoción el viejo lobo de mar – Pero te perdiste una de las aventuras más impresionante que he tenido en mi vida. Anoche, con tus hermanos y tus primos, subimos al cerro a mirar los astros, cuando de pronto, descendió desde las nebulosas una nave espacial que nos llevó a dar una vuelta por el sistema solar a la velocidad de la luz – contaba más que conmocionado el viejo Florián. ¡Eso no puede ser cierto!, gritó Gonchi, no tienen pruebas para demostrarme tamaño invento – cuando de pronto vio a sus hermanos y primos flotando sobre unos pequeños cuerpos luminosos. ¡¿qué es eso?! – preguntó exaltado. – Es un juguete que intercambiamos con los alienígenas, a cambio le dimos nuestros jockeys fluorecentes, se fueron felices y asombrados – respondió uno de los primos – – es cierto Gonchi, es cierto – culminó el viejo andarín, conocido ahora como el viejo lobo espacial.