El secreto de la Chichi

Cierta tarde fría y lluviosa de junio, sentados frente a frente en un muy acogedor comedor, conversaban dos grandes cocineros de la familia (familia de cocineros) mi tío Rola y mi tío Tom. Ellos discutían acaloradamente acerca de un libro de recetas con todos los secretos de cocina de la abuela de mi abuela, la famosa Chichi.

 

Entonces, me hice invisible envolviéndome en una suave cortina y quedándome tan quieto como pude, escuché algo que me llevaría a un sabroso descubrimiento.

 

– he ahí la manera como deseo que se arregle el asunto
– dijo el tío Rola, con su particular y estereofónica voz.
– Pero yo no puedo revelarte un secreto guardado durante tanto tiempo – respondió el tío Tom, levantando su copa de manera de ponerla frente a la luz.
– No obstante, no podrás mantener el gran libro rojo guardado por siempre, más temprano que tarde, alguno de nosotros lo encontrará, y podrá hacer las preparaciones más apetitosas del mundo.
– El secreto de la Chichi no se guardaba en el libro – aseguró Tom. Además, si mal no recuerdas, la Chichi le regaló el gran libro rojo a sus amigos franchutes que vinieron a aprender con ella los secretos mejor guardados de gastronomía cacera del fin del mundo.
– ¡Noooooooo!, tu escondiste ese libro, ¡yo lo sé! Reclamó colérico el tío Rolando.

 

Lo que es yo, aún recordaba haber oído alguna vez que el gran secreto de la Chichi estaba muy bien guardado. Entonces me embarqué en una frenética e incansable carrera por descubrir el oculto y mágico misterio.

Sin querer entrometerme demasiado, cada vez que íbamos a la casa de algún familiar, revisaba los muebles de cocina, estantes, cómodas, veladores, baúles, detrás de las camas y bajo los colchones.
La última vez que fuimos a tomar once a la casa de mi tía lupe, indagué en su enorme y bien armado ropero que le hizo el tatarabuelo Juan (era un ebanista de aquellos). Aproveché de meterme mientras jugábamos a las escondidas con los primos. La Amelia me buscó dentro de él, y no me encontró. ¡Al final, tuvimos que salir nosotros a buscarla a ella, luego de que se perdiera buscándonos dentro del ropero! Sin dudas era el lugar perfecto para esconder lo que fuera. Inmerso en él, entre pilchas y ajuares, me pareció ver el añorado y delicioso libro. Se asomaba en la repisa más alta del colosal mueble. Me trepé como pude y lo tomé con cuidado. Mientras me bajaba, a punto de caerme, me di cuenta que lo que tenía en mis manos ¡no era un libro, sino una caja que muy bien lo parecía! Sin pensarlo un segundo la abrí, encontrando en ella una tabla de cocinar, de esas para picar verduras, cortar queso y todo eso que tanto nos gusta.
Apurado y algo nervioso, la volví a guardar en la caja y la escondí bajo mi chaqueta. Haciéndome el loco, me fui al living y me mantuve retirado de bulla. Esa tarde habían muchas personas. Incluso estaba el tío tole, a quien no veíamos desde esa vez que se arrebató con el curanto de la tía Belsi, y terminó durmiendo toda la tarde a pata suelta en una silla que se quebraba en cualquier momento.

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Como todos se acercaban a echarle la talla, preferí sentarme entre la tía Olga y don Basco, que casi no hablan porque son medio sordos los dos.Y ahí me quedé hasta el final, aburrido como ostra pero con mi secreto bien guardado.

 

Mientras nos despedíamos para volver a casa, alguien me tomó del hombro… era el tío Tom, quien me dijo en voz baja – se lo que escondes bajo tu abrigo… mas no diré nada. Pero te voy a pedir algo, pásaselo a tu mamá y dile que te prepare la especialidad de la Chichi.

 

Apenas llegamos a casa hice lo que me pidió mi tío.
Mi mamá, al ver la tabla exclamó sonriendo – esta tabla la conozco, me trae los más gustosos recuerdos. – A la hora de comida, a eso de las ocho, apareció con escalopas rellenas acompañadas con ensalada a la chilena. Mmmmmm, no hay palabras para describir lo rico que estaba ese plato. – ¡Mamá, con estas escalopas y esta tabla seguro ganas el mother chef! – le dije delirante.
Ese año, tras una seguidilla de memorables preparaciones con la rescatada tabla de la chichi, mi mamá participó en el concurso de cocina más importante de la provincia. Los jueces, que eran chef reconocidos en el mundo entero, se derritieron con las papas rellenas, los tomates al queso con chagual, su omelette con salsa de nalcas y con toda la magia de mamá. Sin lugar a dudas, ella fue la ganadora. Sorprendida ella y todos, recibió entre otros premios, un gran libro rojo con los secretos de cocina mejor guardados del mundo.