El caza recompensas de Villa Marmilla

Renzo tiene once años y es un caza recompensas profesional. Ha realizado con gran éxito todo tipo de búsquedas. Logró encontrar un hurón extraviado en los huertos de don Eugenio. Encontró en los pastizales del parque un aro perdido de doña Regina. Y fue el único que pudo recuperar el anillo de matrimonio de doña Matilda que estaba en la piscina del condominio. Pero las cosas se enredaron más de la cuenta en su última búsqueda, la que parecía ser más sencilla que todas las anteriores.

 

Tras una mañana de menuda y premiosa llovizna (que luego terminaría en gran chaparrón), Renzo salió a revisar si habría por el barrio algún afiche que dijera “Se Busca”. Celebrando la llegada de la lluvia, preguntaba a los transeúntes que merodeaban las calles sembradas de espejados charcos, si es que se les habría perdido algo. Algunos decían a ver perdido la cabeza, otros la memoria, otros buscaban trabajo. Lo cierto, era que nada estaba extraviado realmente, todo parecía estar en su lugar. Como no tenía nada que perder ni que encontrar, Renzo detuvo su búsqueda y decidió volver a casa. Sabía que lo estaban esperando con un cuenco de sopa de tomates y queso, un clásico que su papá prepara cuando se dejan caer las tan esperadas lluvias de invierno. Por eso, Renzo y sus hermanos se la pasaban cantando “que llueva que llueva, que llueva por favor, que lleguen esas nubes cargada con sabor, que llueva llueva …” (también la cantaban en verano, por si las moscas). De pronto, un grito irrumpió como un trueno – ¡no está la Dalila, no está la Dalila! – La perrita de la casa se había escapado. Por su espeso pelaje, Dalila parecía ser gorda, sin embargo ella cabía entre los apegados barrotes de la reja por donde siquiera podría traspasarse un melón (ella era como una gran almohada que roncaba). Cada vez que Renzo salía de casa, Dalila lo seguía disimuladamente unos cuantos metros y luego retornaba por donde mismo habría salido. Pero esta vez había pasado mucho rato y la negra Dalila no regresaba. Renzo se terminó una segunda porción de sopa caliente y se encaminó raudo a buscarla.

 

Luego de llegar hasta la verdulería de la esquina buscando y preguntando por la Dali sin recibir pista alguna, Renzo sintió mayor aprensión y nerviosismo. Sabía que debía actuar rápido. Entonces, se acercó a un niño que daba vueltas en bicicleta por el lugar y le explicó la situación. Con incertidumbre, le pidió que por favor le prestara la bicicleta – confía en mí, ya verás que en cinco minutos estoy aquí de vuelta, te lo doy garantizado – le dijo con la seguridad de un juez de boxeo. Vito, el niño de la bici, confió en Renzo y accedió a prestarle la cleta. Es que al empático Vito se le había perdido Rambo, su gato, sabía muy bien lo que era pasar por eso.

 

A pesar de que sus piernas eran muy largas para aquella bicicleta, Renzo pedaleó velozmente y sin reparos hasta su casa. Tal como lo sospechaba, Dalila ya estaba de vuelta. Para mayor tranquilidad, Renzo la metió a la cocina y la regaloneó sirviéndole un poco de la rica sopa de tomate (sin queso, ya que no le hace bien a los perros, a pesar de que a ella le fascina), y voló a devolver la bicicleta. Pero al regresar al lugar no encontró al comprensivo y confiado Vito. Su mamá lo había ido a buscar en auto creyendo que se había perdido. Ella estaba acelerada y regocijante de alegría por haber encontrado a su hijo luego de que este se ausentara de casa apenas unos minutos, pero a su vez asustada tras creer que a su hijo le habían robado la bicicleta. Vito le explicó que nada más la había prestado y que se le devolverían en un instante, pero ella no creía eso, – no seas iluso Vito, una vez hice eso con el auto y nunca más apareció- le dijo ella acongojada. Hasta que finalmente Vito terminó por convencerse de que su madre tenía razón y se fueron.

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Una tarde, mientras Renzo rondaba por la villa buscando algo que encontrar, vio un cartel que decía “Se busca / Recompensa”. Al mirarlo con detención, vio que el letrero tenía un dibujo que se parecía a él. – Yo no tengo nariz de pato – pensó Renzo, pero las pequeñísimas orejas y esos curiosos pelos lamidos color pardo le confirmaban que el dibujo se trataba de él. Renzo dijo – ¡Me están buscando por lo de la bicicleta!

 

Pasaron semanas sin que Renzo y Vito se cruzaran. Era muy raro. Renzo daba vueltas en la bicicleta de Vito todas las tardes, y Vito recorría el perímetro caminando o en auto, pero nada. Caprichosamente el destino no quería que se encontraran. Hasta que de pronto, Renzo vio en la calle un pequeño gatito amarillo. Era flaco, muy flaco. Su cola era tan larga, que con ella podía colgarse de los árboles como un mono. Y sus bigotes eran gruesos y crespos como verdaderos espirales. No era bonito el gato, pero era muy cariñoso y estaba asustado. Renzo decidió llevarlo a casa e iniciar la búsqueda de los dueños del félido. Hizo carteles con dibujos del pequeño y maltrecho minino. Por sus curiosas y singulares características, no le costó mucho trabajo lograr un retrato fidedigno del animal. Como buen estratega, pegó los carteles en árboles, en autos, postes y rejas. Hasta pegó algunos en la espalda de personas que pasaban delante de él. Todo era por una noble causa.

 

Al día siguiente, la mamá de Vito se encontró con uno de los carteles en el árbol justo a la salida de su casa. En él, estaba escrita la dirección de Renzo. Inmediatamente, fue a buscar a su hijo para ir en busca de su querido Rambo. Entonces, Renzo y Vito por fin lograron encontrarse. Renzo le agradeció a Vito por haberle prestado su bicicleta, mientras que Vito le agradeció a Renzo haber encontrado y cuidado a su flamante gato. Entre tanto, Renzo le reclamó a Vito por la forma en que lo había dibujado. – Jajajjaa, ese no eras tú Renzo, ese es Yoda, mi ornitorrinco que se escapó hace ya un par de semanas – respondió Vito entre carcajadas. – Déjalo en mis manos Vito, en mi vida he encontrado a cien de esos especímenes – contestó entusiasmado Renzo. Así comenzaba la siguiente aventura de Renzo, el caza recompensas más famoso de villa Marmilla.