Espantapájaros en el monte

Dicen que en alguna parte del mundo, existe un monte llamado Eureka. En este lugar está escondido el tesoro más valioso de la historia. Miles de hombres y mujeres han intentado llevárselo. Pero hasta el día de hoy, nadie lo ha logrado. El tesoro sigue intacto en el mismo lugar en que fue enterrado. Lo protege un viejo guardián instalado en la cima del monte. Un misterioso espantapájaros…
 

Cuentan que en la región había dos pueblos que cultivaban el trigo. Pacachí y Eureka.

 

El pueblo de Eureka se ubica en las tierras rocosas y empinadas del monte. Tierras muy difíciles de cultivar. Sus habitantes debían trabajar de sol a sol para conseguir buena cosecha. Los cuervos rondaban la zona, pero jamás pudieron comerse ni un solo grano de trigo. El pueblo había construido un curioso espantapájaros que los espantaba lejos. Se decía que el que viera tres cuervos posados sobre este espantapájaros, se volvería rico al instante.

 

Ariki quedó fascinado con esta historia cuando su abuelo Samir se la contó. “Abuelo, pero tú eres el más rico de Eureka”, le dijo Ariki, “¿acaso pudiste ver a los tres cuervos sobre el espantapájaros?”. El sabio Samir le contestó. “Confieso que de joven los esperé durante meses. Pero no fueron los cuervos los que me hicieron rico, sino los cien años que llevo cultivando el trigo”. “No existe persona en el mundo capaz de trabajar durante cien años”, replicó Ariki.

 

Fuera de Ariki, ningún habitante de Eureka se interesó en la historia de los tres cuervos. Además, sabían que si un cuervo llegaba a pararse sobre el espantapájaros, las cosechas correrían peligro. Ellos preferían trabajar tranquilos.

 

Cosechar el trigo, separar el grano de la espiga y la paja, llenar los sacos, y llevarlos al molino para obtener la harina. Sin duda, una gran faena. Pero haciéndolo entre todos, el resultado era maravilloso. La harina más fina para amasar y disfrutar el mejor pan. Todos los visitantes decían que el pan de Eureka era el más rico del mundo, porque era fresco, suave y esponjoso como las nubes.

 

El joven Ariki no quería trabajar tanto. Apenas tuvo edad, se fue a Pacachí en busca de riqueza. Había escuchado que en ese pueblo, la tierra era mucho más fácil de cultivar. Que el trigo crecía y crecía en abundancia, sin el menor esfuerzo.

 

Pero al poco tiempo, Ariki se dio cuenta de que los campos de trigo de Pacachí no eran tan abundantes y dorados como en Eureka. El pan tampoco era tan delicioso. Y lo peor de todo, es que los cuervos llegaban por millones. La mitad de la cosecha se perdía por culpa de estos negros pájaros. ¡En Pacachí los cuervos se comían hasta los espantapájaros!

 

Ariki recordó la historia que su abuelo Samir le había contado y tuvo una gran idea. Partió a Eureka y subió hasta la cima del monte donde estaba el famoso espantapájaros. En un pequeño saco traía una mezcla de bichos crujientes y las mejores semillas de maíz, trigo tostado, amapolas y sésamo.

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“Las semillas mezcladas son irresistibles para cualquier cuervo”, dijo Ariki. Esparció la mezcla sobre el espantapájaros y se sentó a esperar. Pero no apareció ni un solo cuervo.

 

Ariki, decepcionado y muerto de hambre, regresó a Pacachí. Sin darse cuenta, derramó la mezcla de semillas y bichos que quedaba en el saco. Al instante, llegaron millones de cuervos que arrasaron con todo el trigo de Pacachí. El pueblo estaba desesperado.

 

Ariki se sintió tan mal, que decidió hacer algo para reparar el desastre que había causado. Inspirado en la alegría y fortaleza con que se trabajaba en Eureka, se puso a trabajar como nunca antes lo había hecho. Los habitantes de Pacachí imitaron su actitud y se sumaron con gran entusiasmo. Poco a poco, los campos de trigo se fueron recuperando. Juntos construyeron su propio espantapájaros. Lograron producir un pan tan bueno, que los visitantes de Pacachí decían que este era el mejor pan del mundo. “El pan de Pacachí es crujiente y dorado, como sus campos de trigo”, decían al probarlo.

 

Y así fue como Ariki y los habitantes de Pacachí, se hicieron inmensamente ricos.

 

Ariki subió por última vez hasta la cima del monte Eureka. Y dejó un saco con monedas de oro a los pies del espantapájaros. Ariki quedó maravillado porque el espantapájaros le sonrió amablemente. Pero dicen que no es muy amable con las personas que desean su tesoro. Sobre todo con los que esperan hacerse ricos en un dos por tres. A esos los espanta con unos gruñidos horribles y terroríficos.