Flor de Retrato

Durante el segundo semestre, la clase de arte se trataría del cuerpo humano. Todos deberían dibujar personas. A quien cada uno quisiera. La señora Audilia enseñaría algunas técnicas para lograrlo. Para muchos, era la clase más esperada. Para Teo en cambio, era un fastidio. Es que a Teo le costaba mucho dibujar figura humana. Según él, dibujar personas no era lo suyo.

 

En las clases de arte pasaba de todo. Chistes, cuentos y disparates eran parte de esta interesante y alocada clase. Muy tranquila, la señora Audilia escuchaba las payasadas que se hablaban en la sala. ¡Cómo olvidar cuando la pequeña Ito dijo: “las vacas cuando se mueren se van a la vía láctea”. Las bromas eran pan de cada día.

 

Sin embargo, no todo era chacota. Dibujar figura humana no era algo simple. Concentrarse y observar muy bien lo que se iba a dibujar. Medir las proporciones de cada parte del cuerpo. Calcular que el dibujo quepa en el papel y finalmente ¡tirarse a la piscina y comenzar a dibujar!, también se necesitaba valentía.

 

La señora Audilia siempre le decía a Teo, “tienes un sello muy personal para dibujar”. La verdad, es que él no entendía qué quería decir con eso la señora Audilia. Las cabezas de huevo que hacía eran bastante ridículas. Los brazos le salían como alas de pollo, y las manos parecían un par de alcachofas. Sus compañeros no podían contener las risas. Algunos se burlaban diciendo “los dibujos de Teo parecen hechos por un niño de kinder”.

 

En cambio Kiara era una especialista dibujando personas. Le salían como por arte de magia. En pocos minutos, ella podía dibujar perfectamente a una mujer cantando. O a un niño mirando el cielo. Pese a su talento, Kiara nunca se burló de Teo ni de nadie. Es que sus dibujos siempre la hacían reír. No así los dibujos de sus compañeros.

 

Las semanas fueron pasando y Teo comenzó a ponerse pesado. Su actitud ya no era la de antes. Ahora solo se dedicaba a armar desorden y molestar en clases. Ya no quería volver a dibujar. Cuando lo hacía se sentía como un tonto.

 

La pequeña señora Audilia, al darse cuenta de lo que ocurría, decidió hacer algo.

 

Le mostró a sus alumnos un montón de fotos. Eran dibujos y pinturas de famosos artistas. Los niños no podían creerlo. Los dibujos parecían hechos por niños que recién estaban aprendiendo a dibujar. Algunos se parecían a los que hacía Teo. Ella les explicó que en el arte todo está permitido. Que lo que podría ser considerado un error, es lo que hace especial una obra. Lo que le da originalidad y sorpresa. También dijo que todos los artistas conocen las técnicas para pintar, dibujar o hacer una escultura. Pero que lo más importante, era que ellos lograran encontrar su propio estilo.

 

La profe’ leyó algunas palabras del gran artista Pablo Picasso: “demoré 10 años en dibujar muy bien. 20 años para dibujar como Miguel Ángel. Y toda mi vida para olvidar todo eso y descubrir mi propio lenguaje”

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Luego de esto, Teo logró comprender a qué se refería la señora Audilia cuando le hablaba de sus dibujos. Teo no volvió a armar desorden en clases. Él solo quería dibujar. Dibujaba en las boletas, envoltorios, cajas y servilletas. ¡Incluso en hojas de árboles!. Quien se encontrara uno de esos dibujos sabía que era de Teo. Esas piernas que parecían pescados con orejas siempre lo delataban. Sus dibujos eran inconfundibles.

 

Los compañeros de Teo no volvieron a burlarse de sus dibujos. Incluso algunos intentaban imitarlo, sin mayor éxito.

Para el examen final, Kiara le pidió a Teo que la dibujara a ella. Le pidió que la hiciera con cara de planta tropical, específicamente como una begonia. El resultado fue algo inesperado. Teo logró observar tan bien a Kiara que el retrato quedó genial. Teo jamás se había dado cuenta que le gustaba tanto observar a Kiara. Le gustaban las cavidades de sus orejas, sus codos, sus manos siempre rayadas con plumón, hasta su nariz de pichón. La señora Audilia admiraba la forma con que Teo veía a Kiara, sin duda su capacidad de observación era notable. Cosa más que importante para comenzar a dibujar.

 

A pesar de no haber sido dibujada como ella quería, la dulce Kiara se puso muy feliz. Es que Kiara sentía que en el papel realmente estaba ella. Y no porque se pareciera demasiado. Era otra cosa, algo un poco más complejo de comprender, esas las abstractas líneas, los colores, las manchas ¡eran pura luz!, ¡lo más importante para que una planta tropical creciera hermosa! De todas formas Kiara le preguntó a Teo – ¿por qué no me dibujaste con cara de planta? – a lo que el pequeño artista respondió, – porque no existe ni en el trópico, ni en la selva, ni en el sur, ni en ninguna parte una planta tan fascinante, y tu eres una flor, pura inspiración.