La leyenda de los peces voladores

Se cuenta que luego de las copiosas lluvias en Cumbayá, los nidos de los árboles más altos se llenaban de agua, transformándose en verdaderas peceras. Allí nacían unos misteriosos peces que podían volar. Los pupulupeces.

 

Cuando los pupulupeces se alzaban en vuelo, entonaban un dulce y mágico silbido. Su melodía era capaz de calmar el ánimo de los más cascarrabias. Incluso el de doña Tina, abuela del pequeño Rambol.

 

Rambol, que era ágil como un gato, se divertía trepando árboles y muros. Pero su abuela Tina se enojaba y siempre le gritaba: “¡Rambol!, ¡no se te ocurra sacar los pupulupeces de los nidos!”. Entonces aparecía por los aires un pupulupez cantando su dulce melodía. Y como por arte de magia los gritos de doña Tina cesaban automáticamente.

 

Rambol, aburrido de que su abuela le gritara tanto, tuvo una idea. Una mañana, sin que nadie lo viera, trepó hasta la copa del árbol más alto de la plaza. Y por primera vez en su vida, sacó un nido-pecera. Con mucho cuidado se lo llevó entre sus brazos y lo dejó escondido en el patio de doña Tina. Por la tarde, mientras Rambol y sus amigos se divertían trepando árboles, un fuerte grito de doña Tina pareció rebotar en el cielo: “¡Rambooooooooooool!”.

 

Los pupulupeces, en vez de silbar su mágica melodía, comenzaron a dar los más aterradores y escalofriantes alaridos. Uno de ellos aumentó de tamaño y aleteaba agitadamente. Algunos cuentan que también le aparecieron colmillos de tiburón. Era algo monstruoso.

 

Ahora ya nada podía calmar los gritos de doña Tina. A esta escandalosa y desagradable situación, se sumaron los gritos de otros vecinos. Hasta don Furgencio, que era el más tranquilo del pueblo, se puso a gritar enfurecido.

 

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Rambol se dio cuenta del problema. Tenía que hacer algo para evitar que el resto de los pupulupeces también se transformaran. En un dos por tres Rambol tomó el nido. Corrió a la plaza, y con la ayuda de sus amigos, lo subió con mucho cuidado hasta la copa del árbol. En ese instante, un hermoso pupulupez levantó el vuelo y se fue silbando dulcemente. Entonces los adultos dejaron de gritar y la calma volvió al pueblo.

 

Desde ese día en Cumbayá, los niños cuidan que nadie saque los nidos de los árboles. Y es habitual oír a personas silbando la melodía del pupulupez cuando pareciera que alguien va a gritar.

 

Hay quienes dicen que el pupulupez nace en las vertientes subterráneas que alimentan a los árboles. Sube hasta el nido-pecera por el agua que el tronco y las ramas absorben. Como un salmón nada contra corriente, el pupulupez nada hacia al cielo.