Mako, el perro que miraba las estrellas

Recorriendo lagos y volcanes del sur del mundo, con nuestras mochilas llenas al hombro, carpa, anafres, ollas, y bototos…, como dos buenos ekekos, hicimos nuestra última parada en Frutillar. Nos dejamos caer exactamente en Playa Maqui, una orilla del lago Llanquihue, con exuberante vista al volcán Osorno, abundante en colores, brillos, flora y animalejos risueños.
 

Ya bien instalados en este paradisiaco pedazo de jardín, con nuestra carpa bajo un viejo y amistoso Alerce Patagónico, nos alcanzó un manto de nubes que en solo una pestañada nos dijo que en Frutillar cuando llueve, llueve. Era abundante el agua, muchas ganas de regar tan frondosos bosques traían esos nubarrones, por lo que decidimos refugiarnos en nuestra casa de género.

 

Entre truenos y el profundo soplido del viento, de pronto, unos estremecedores y bravos rugidos ahí, justo fuera de la carpa, nos dejó tiritones. Abrí el cierre del toldo para mirar que pasaba. Se trataba del hermoso perro que habíamos visto cuando veníamos llegando al camping. Negro con amarillo. Un cuello grueso y patas macizas, hocico largo, orejas puntiagudas, mirada afable. Sus rasgos de lobo habían permanecido, manteniendo ese salvajismo natural de su especie. Él, estaba en la antesala de un enfrentamiento con otro perro que también habíamos visto antes. Allá arriba en el camino, en la puerta de aquella casa de madera con franjas color carmín y otras cafés. Donde nos comimos un kuchen inolvidable de guinda con chocolate. Era Otto, un rottweiler de aspecto temerario como es su raza, pero bonachón también. Se había acercado hasta nuestro sitio, demasiado según Mako (así le pusimos a esa belleza de animal), el perro con rasgos de lobo que con bravura implacable de alguna forma le decía, ey ey ey ey a ver… hasta ahí no mas.

 

Ambos cuadrúpedos, erguidos en sus forzudas patas traseras, se dieron uno que otro flamante combo cánido y lucieron con garbo la fiereza de sus dientes. Otto, que tenía una cabeza enorme, echó pié atrás y hasta ahí llegó el enfrentamiento. ¡Pero Mako llegó demasiado lejos! Él quería acompañarnos a donde fuéramos, y hasta la eternidad, pues desde esa tarde lluviosa, nos siguió en nuestra travesía, caminando hasta Puerto Montt, y luego ¡hasta Santiago!.

 

Nos siguió hasta nuestro hogar. Viajamos a deo’ , nos llevó una camioneta….y ahí se subió él. Luego un camión, al que saltó raudamente. Largos kilómetros, muchas horas, y ahí íbamos los tres. Una vez en la capital, debíamos tomar micro para llegar a casa.

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– No pueden subir ese feroz animal… nos dijo el chofer de la primera micro a la que intentamos subir. Luego, en la siguiente máquina que intentamos abordar, el micrero, al ver a esta asombrosa y temible bestia del sur puso cara de terror y arrancó…

 

– ya sé, le dije a Salomé….cubrámoslo con esta frazada y pedimos que nos abran la puerta trasera para subir todos los bultos. Así lo haríamos pasar como parte del equipaje entre tantas cosas.

 

En la siguiente micro lo logramos. Subimos todo por atrás. Mako, envuelto en esa manta roja que había sido de mi abuela, parecía el lobo del cuento de la caperucita… solo asomaba su largo hocico y de cuando en vez, al bostezar o sonreír, dejaba entre ver sus grandes, blancos y afilados colmillos. Una anciana miraba todo esto con cara de asombro refregándose los ojos para saber si lo que veía era real o era parte de su imaginación.

 

Mako siguió su vida acompañándonos en muchos otros viajes. Por las noches salía a caminar por el barrio. Siempre volvía y se tendía a mirar las estrellas. Conmigo estuvo hasta el último minutos de su vida, a eso de los 16 años, que en años humanos son ¡más de 110 años! Hoy, tengo un cuadro de Mako y los mejores recuerdos de una increíble amistad perruna con aquel aperrao y fiel viajero longevo.