Miel en el mar

En uno de los mares más profundos de la tierra se hallaba una especie de peces muy rara y extravagante al ojo del ser humano. Se trata de una familia de pequeños peces color azul manganeso y carmín en la cola y las aletas. A los lados, estos peces sostenían dos alas muy pequeñas, pero lo curioso era que uno de cada 100 peces de esta especie aprendía a volar.

 

La primera vez que vi uno no sabía si se trataba de un chercán, un zorzal o un escarabajo gigante. Pero esa criatura olía a mar. Brillaba como un insecto metálico y sus alas se movían tan rápido como las de una libélula animada por la música del viento en un iluminado día de otoño.

 

– ¡No puede ser! Dijo Willi . – ¡Es un pez volador que se cree mariposa! Y volvió a sus andanzas de perro.
El pez volador había llegado hasta el jardín de los hermanos tomichy dibujando en su salto y con sus seis docenas de colores diferentes en sus alas la sorpresa de un arcoíris.

 

– Lo atraparé de un puro salto cuando lo pille volando bajo, dijo el gato Luan, cuando lo vio la primera vez. Pero el pez era irreverente, apareciendo y desapareciendo del aire como por arte de magia. Su salto y su vuelo duran solo un momento, por eso era mágico, original y lleno de fantasía. Un vuelo imposible de alcanzar para Luan, a pesar de sus ligereza y extrema soltura de movimiento que le habían permitido alguna vez cazar a una lagarto volador que bajó desde el añoso pino de la casa de los Mutis.

 

Cuando el pez volador brinca, se deja ver en el aire por apenas unos segundos y se oculta, regresando al silencio. Este pez sobresalía desde las grandes flores que abundaban en el jardín de los tomicinos.

 

El pez volador, que en sus andanzas flotantes transformaba sus aletas en alas en una explosiva pirotecnia, no se cansaba de exhibir su deleite por las flores. Se sumergía en ellas, tras deslizarse por sobre las enormes nalcas que brotaban año a año en el jardín y en toda la zona, rodeada de volcanes y lagos.
 

– ¿qué se les habrá perdido fuera del agua? Preguntaban los pájaros.

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Una vez se lo intentaron explicar a una sierra.
-¿Tú sabes lo que es sentir por un momento el aire en las escamas?- dijo un pez volador.
– Me da frío solo de pensarlo – respondió la sierra.
– ¿Tu sabes todos los colores que hay allá afuera? Dijo otro pez volador.
– Me escuecen los ojos solo pensarlo.

 

En el fondo del agua, las estaciones solo son un rumor, apenas una sensación de frío y calor.
Los peces voladores ya no intentaron explicarlo más y siguieron saltando.
Hasta que uno de ellos decidió ver pasar el completo repertorio de colores que desplegaba la primavera volando de flor en flor.
Apenas terminada la primavera, los peces volaron hasta el mar llevando entre sus escamas el polen y el néctar de las más bellas encontradas jamás en un jardín convirtiendo en miel las aguas por donde mas tarde atravesaran sumergidos.