Si yo fuera gato

Siempre he creído que los gatos son los animales más afortunados de todos. Que haber nacido felinos es la mayor ventaja que pudiera pasarle a alguien jamás.

 

Claro, siendo un gato podría trepar enterrando mis agudas y tenaces garras por el árbol que se me plazca para ver la gente pasar. Y con su mirada profunda y calma dejar todo grabado. Bailar sobre el tejado sin quebrar tejas. Andar en skate a ojos cerrados, dormir a pata suelta y andar con elegancia. Es que el gato con botas es mi personaje favorito. Cuanta sobriedad, cuanto talento, puro garbo.

 

Los perros son increíbles también, pero se me ocurre que ellos siempre quisieron ser humanos. Bueno, tal vez son cosas que he escuchado por ahí, no lo sé…
¡Tengo una idea! Voy a ir a buscar a esos chicos que hacen piruetas saltando por todas partes solo amarrando muy bien sus zapatillas. Los famosos amigatos del bloque, los ídolos del Sanroller. A mis nueve años me siento más que listo para comenzar a coleccionar mis primeras hazañas saltando muros, bancas y cualquier obstáculo que se cruce en el camino, con volteretas, giros y contorsiones en tierra y aire como un felino.

 

Félix, mi amigo del bus escolar conoce a Boral y a todo ese grupo.
Él fue quien me invitó a rallar con latas de spray por primera vez. Usamos muchos colores. Esos anaranjados sobre amarillo que le puse a la ballena azul que dibujó Félix usando solo tonos azulados quedaron alucinantes. Ahora ese muro es postal segura para los que andan de visita por estos lados.

 

Félix tiene catorce, es el amigo más grande que tengo y al único que le da lo mismo que yo tenga nueve. Se podría decir que diez, porque mi cumpleaños es en dos semanas más. A los amigatos podré decirles que tengo once, ya que si tengo casi diez, también tengo casi once.

 

– Chao Tiho, nos vemos…. a las cuatro en la plaza roja si quieres ir- me dijo Félix mientras se bajaba del autobús.
– Buena perrito chow chow – me dijo mi hermano grande cuando escuchó. – Dime “buena tigre de bengala” y la boca te queda donde mismo, le respondí audaz.
– ¿A dónde irán? – me preguntó. – A juntarme con Félix para ir con Boral y la Flavia – respondí con voz grave y profunda, sin antes no haber inspirando profundamente hasta llenar mi pecho y mi estómago de abundante oxígeno.
– Guau, ¿puedo ir? Me preguntó

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– Para eso hay que ser muy aperrado – intervino mi abuelo Renato mientras disfrutaba su clásico té acompañado de una marraqueta de doña Berta con queso caliente. No me aguanté de pedirle una mordisca. (¡que ricas que son esas marraquetas con queso!)
– Conozco a los amigatos, a ellos les sobra el valor y la pasión por el desplazamiento gatuno ¡espérenme un segundo que voy con ustedes!, gritó entusiasmado el tata.

 

Mientras tanto Liri, nuestra pequeña y salvaje gatita jaspeada, bostezaba y se estiraba como queriendo decir que lo mejor de ser gato es dormir. Finalmente, el abuelo optó por quedarse a dormir una siesta, conectando con el telepático mensaje de Liri.
Con mi hermano nos fuimos corriendo a la plaza. Llegamos a las cuatro con seis minutos. Félix no estaba. –Llamémoslo – le dije a Maxi. A la tercera llamada Félix contestó – lo siento, me quedé dormido, me levanto de un salto y voy – dijo, como buen amigato.
La jornada de saltos y piruetas estuvo genial… en uno de los saltos me crucé con un picaflor que me llegó a peinar con su incesante aleteo.
¡Que delicia! esta noche dormiremos como gatos…