Un milodón en casa

Lo decidí: cuando grande quiero ser de esas personas que buscan huesos bajo la tierra. Encontrar los restos de un brontosaurio sería lo máximo. Uno de sus dientes ¡podría ser hasta más grande que yo! Cuando le conté a mi mamá sobre mi decisión, pareció no gustarle para nada mi idea. – Buscar huesos es algo peligroso y para nada femenino, no conozco ninguna mujer que se dedique a algo así – me dijo ella. Llegué a pensar que debía conformarme con encontrar los huesos que entierra mi perro bigote en el jardín

 

Fue en la clase de arte cuando supe que quería dedicarme a encontrar huesos. La profe’ Audilia nos enseñó a moldear con greda. Hicimos las partes de un esqueleto en tamaño real. Para eso, nos mostró unos extraños huesos. – ¿Qué es eso? – le pregunté, – son fósiles Lúa. – ¿Y qué son los fósiles señora Audilia?, – los fósiles son testigos únicos del pasado en la Tierra. Son las huellas que han dejado aquellos seres vivos que ya no existen. Por lo general están muy enterrados bajo tierra o incrustados entre las rocas. Los fósiles que traje corresponden a los huesos de un milodón. El milodón vivió hace más de diez mil años en el planeta. Se parecía mucho a un gran oso, pero su cabeza era más angosta y alargada, como la de un camello – respondió la experimentada maestra. – ¿Y dónde encontró esos huesos? – preguntó un compañero. – No los encontré yo, tiene que haberlos encontrado algún paleontólogo. Yo solo los he traído para que juntos podamos observarlos muy detenidamente – nos aclaró sin titubeos.

 

En ese instante pensé que lo que decía mi mamá era cierto. Andar buscando huesos no es cosa de mujeres. – ¡Guau, nunca había visto un fósil como ese! mi hermana es paleontóloga y tiene muchísimos fósiles en casa, pero ninguno tan extraño como este – gritó mi compañero Ivo, quien siempre nos sorprendía con las cosas que conocía. – ¿O sea que las mujeres también pueden dedicarse a buscar huesos – pregunté entusiasmada. – Claro que sí Lúa. Mujeres y hombres pueden hacer las mismas cosas. No importa el género, sino la perseverancia y el gusto con que se hacen – expresó la profe’ Audilia.

 

A Ivo le gusta buscar insectos, examinar plantas, flores, piedras…en fin ese tipo de cosas. Mis compañeros, los más lesos lo molestan porque a él le gusta más la botánica que jugar a la pelota. Las flores y las plantas son para las mujeres y el fútbol es para los hombres, decían los mas pavos. Pero se equivocan. El fútbol, las flores, las plantas, todo es para todas y todos. A mi me gusta jugar al fútbol y me gustan las flores. Además yo he visto a Ivo metido en la cancha de fútbol, aunque siempre termina persiguiendo a insectos. Es entretenido verlo examinando con su lupa. Pareciera que anda buscando a alguien ínfimo que se ha metido por ahí a esperarlo. Igual cuesta un poco relacionarse con él. A veces pienso que solo quiere conocer pequeños micro-seres. Más encima soy la más alta del curso, ¡y mis huesos seguirán estirándose todavía más!

 

Como la entrega del trabajo en greda era pronto, comencé a avanzar lo más posible. Hice varias vértebras del milodón, también sus dedos y parte de la cola ¡es alucinante! Algunos compañeros andaban desesperados pidiéndome ayuda: sobre todo los más molestosos -¡Lúa, por favor, hazme las costillas!, ¡Lúa, te lo pido, arréglame la mandíbula! Pero yo no los ayudé,

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por molestosos. No me gusta que sean tan burlones. Debieran saber que las tonteras que hablan no tienen ni patas ni cabeza. Finalmente, pintamos nuestros fósiles de greda con una pintura color hueso, creo que en el frasco decía que era color marfil, como los colmillos de los elefantes. Con este pigmento, nuestras piezas de greda parecerían reales fósiles.

 

¿Qué vas a hacer con tus fósiles? Me preguntó Ivo a la salida de clases – Ya sé, los voy a enterrar en el patio de mi casa. – ¡Pero que buena idea Lúa, genial! Vas a convertir tu jardín en algo así como una zona arqueológica. Ese día, mi mamá llegó a buscarme al mismo tiempo que la mamá de Ivo. ¡Ah, no, era su hermana, la paleontóloga! Conversaron largo y tendido mientras Ivo me mostraba un escarabajo verde con azúl, rojo, amarillo, morado, blanco, naranjo y negro que había encontrado en la cancha. Parecía de otro planeta.

 

En hora buena, mi mamá supo que también hay paleontólogas. Tanto le gustó el tema, que ahora ella también quería saber más sobre ciencias y fósiles. Se compró unos buenos libros de paleontología a todo color, una lupa y anda cómo cabra chica con juguete nuevo.

 

Un día, mientras tomábamos un delicioso desayuno con mamá, mi papá apareció gritando como un loco por la casa – ¡ey, encontré un extraño fósil en el patio!, ¡y es de un animal que jamás había visto en mi vida! Mi mamá le aseguró que era un hueso de mamut. “¡Qué vas a saber tú de estas cosas, esto es tema de hombres!”, le dijo él. Entonces le dije muy seriamente que ese, efectivamente era un fósil. Pero que por su espesor, por sus relieves y por sus dimensiones correspondían a los huesos de un milodón.

 

Mi papá, vacilante y asombrado, tomó el fósil y corrió a buscar por internet imágenes de un milodón y me dijo casi llorando de emoción: “¡no lo puedo creer hija mía, tienes razón, es un hueso de milodón! – mientras bailaba y gritaba – ¡en esta casa vivieron milodones, lo sabía lo sabía, yo soy un milodón!”